En el minuto 106 de la final del Mundial de fútbol de 2026, España mostraba mucho más nivel que su rival, Argentina, y todos albergábamos la misma esperanza: el gol que nos librara de los penaltis. Esa noche, toda España -urbana y rural, rica y pobre, «de toda la vida» y «de acogida», de distintos credos y sensibilidades- vibramos unidos bajo una misma ilusión y nos abrazamos a una misma bandera.
Ferrán Torres fue el elegido para la gloria: su gol fue un grito y un abrazo colectivo, y por unos momentos todos nos sentimos hermanos y compartimos la euforia.
En este Mundial hemos demostrado ser fuertes como equipo, por encima de las individualidades, y eso nos permitió ganar a selecciones con estrellas rutilantes que tenían un equipo a su servicio. Esta selección enamora e ilusiona incluso a quienes habitualmente pasan del fútbol.
Gran parte del mérito es de Luis de la Fuente, nuestro seleccionador: hombre de perfil bajo, humilde y constante, que confiesa rezar a diario y dar gracias sin pedir nunca la victoria, y cuya forma cercana de entender el fútbol ha logrado un vestuario unido que se sobrepone a las adversidades sin perder la humildad. Torres, el autor del gol, se confiesa católico y da gracias a Dios por darle fuerzas en lo difícil y por la victoria; también Rodri Hernández, Nico Williams y Mikel Merino han hablado públicamente de su fe cristiana, mientras que Lamine Yamal se declara abiertamente musulmán. Este equipo destaca cuando va más allá de ser una selección de jugadores «de aquí y de allí» y se muestra como una familia, capaz de remar en la misma dirección y poner sus talentos a producir, como en la parábola. Este equipo -como el que ganó en 2010 con Vicente del Bosque, otro seleccionador abiertamente católico- ha levantado pasiones dentro y fuera de España por esa unión, esa solidaridad.
Durante unos días celebramos y disfrutamos la alegría de «ser españoles», pero poco nos duró: seguimos lejos de ser campeones del mundo fuera del campo. Este verano ha traído situaciones que, de nuevo, nos han fragmentado y han disuelto el espíritu del Mundial: el elevado número de muertes por las altas temperaturas, sobre todo entre los mayores de 65 años; un récord de ahogamientos; incendios forestales por una prevención mal gestionada; por no hablar del “asunto” migratorio de Ceuta.
A pesar de todo, que no nos falte la alegría. Recordemos lo bueno vivido y disfrutado, que nadie nos quite lo bailado ni lo celebrado, y sobre todo, aprendamos a poner el bien común por delante de nosotros mismos y a dar cada día nuestra mejor versión.
Porque, al final, quizás la verdadera copa que tenemos que ganar no se levanta en un estadio, sino en la vida cotidiana: apoyando al que sufre, cuidando el monte y la naturaleza que Dios nos regala, acogiendo de corazón al que llega buscando una vida mejor.
Como bien nos recordó Ferrán Torres desde el césped, y como el propio Papa nos invitó a vivir en su visita, la fe no es solo gratitud en la victoria, también fuerza y humildad en la tarea de cada día. Si como equipo hemos sabido ganar con trabajo y unidad, como país podemos remontar nuestras carencias, confiando en que Dios escribe derecho con líneas torcidas.
Esa es, quizás, la copa que de verdad nos falta por levantar. Tenemos un gran reto por delante y un nuevo curso para volver a intentarlo.
La fe no es solo gratitud en la victoria, también fuerza y humildad en la tarea de cada día