viernes, 10 abril 2026

Ser comunidad, importancia y desafío

Vicente Esplugues Ferrero

Qué maravilla poder reflexionar juntos acerca de la importancia de vivir la fe en comunidad. Construyendo entre todos una comunidad comprometida y crítica que es capaz de hacerse responsable y de encargarse de la actividad constructiva de la pastoral de la parroquia.

En unión con un Dios comunidad

Hablar de comunidad es hablar del dinamismo divino de la comunión. Esa maravillosa relación en la que la vida del cielo, el amor que se vive dentro de la familia trinitaria y la vida en la tierra se abrazan y se nutren una a la otra. Nuestra dimensión comunitaria no tiene solo su origen en nuestro origen tribal, de cuidado, de conservación de la especie, sino que tiene inscrita la vivencia plenificante de lo divino que envuelve lo humano.

«Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu» (1ª Cor 12,4-8). 

Diversidad y sinodalidad

Esa diversidad de la que habla Pablo afecta a los que formamos esta comunidad concreta, de aquí, del ahora, y con estos. Necesitamos aprender a descubrir los talentos que tienen los otros, aprender a reconocer los propios, y aprender a ponerlos en común. Todo este ejercicio es el que llamamos “sinodalidad”. Aprender a caminar juntos. Desde la plenitud de la cercanía de Dios sigamos aprendiendo a amar y acompañar nuestras vidas. La sacramentalidad de cada biografía humana es real. La mirada valorativa que Dios tiene con cada ser humano es la que le posibilita ser traductor de su propio amor.

«En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas. Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre». (Jn 12, 44-50).

Hijos, comunidad de hermanos

Los que nos ven a nosotros, no ven solo a unas personas, ven a los hijos e hijas de Dios. Nuestras vidas son ventanas que traducen el amor y el cariño de Dios para los que nos rodean. La comunidad son las personas que dejamos pasar a través de nuestra humanidad la luz y el amor de Dios. Respondiendo a las necesidades que reconocemos. Cada comunidad tiene el acento y responde desde su sensibilidad a la voluntad de Dios. Y su vida es la respuesta concreta a una situación de carencia de Reino. Por eso el Espíritu sigue suscitando nuevos movimientos, congregaciones, formas de vivir siguiendo a Jesús.

 «Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: «Puesto que no soy mano, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Y si el oído dijera: «Puesto que no soy ojo, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído?; si fuera todo oído, ¿dónde estaría el olfato? Pues bien, Dios distribuyó cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios» (1Cor 12,12-22).

Sal y Luz en la Tierra

Llamados a ser luz y sal del mundo y esa luz de Dios pasa a través de nuestra pobre humanidad llena de límites. Pero sabiendo que convive el barro con el tesoro, la cizaña y el barro. Aprender de memoria el Credo y recitarlo en la eucaristía dominical no agota las posibilidades de lo que significa ser cristiano. Es inagotable este manantial que salta hasta la vida eterna. Buscamos en comunidad que la fe afecte nuestra forma de vivir, de pensar, de sentir, de relacionarnos. Abrazar la fe no se puede reducir a un asentimiento racional. No basta con decir “creo”, es necesario que la fe transforme, renueve, emocione, impulse. Creer es desplegar todas las dimensiones humanas desde la clave de Dios. Tenemos un Dios que nos ha dado acceso libre y permanente al encuentro con Él. No es un Dios escondido, no juega con nosotros al escondite. Ha ido mostrando su rostro a lo largo de la historia según tenía la humanidad capacidad de descubrirle. Y en la plenitud de los siglos nos ha hablado por medio de su hijo. Jesús es la Palabra definitiva de Dios hecha carne y humanidad para que se convierta en camino, verdad y vida de todos los que le conocemos.

«En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa» (Heb 1,1-3).

El Dios de los pequeños

Dios ha traducido lo que significa ser divino, en categorías comprensibles para todos los humanos, especialmente los más sencillos y pequeños. Jesús da gracias al Padre porque ha ocultado sus misterios a los sabios e inteligentes y nos lo ha revelado a los que nos abrimos a su presencia. Oír la palabra no significa vivirla automáticamente, pero sí activa el deseo y la atracción. A la fe no se llega por la convicción de unos argumentos, sino por el contagio, el dinamismo mimético de quien reconoce lo que hay de verdad en la vida del otro y desea, casi por imitación, el deseo de vivirlo cómo propio. Lo aprendemos todo porque alguien delante de nosotros despliega una forma de vivir que nos inspira. Jesús en la encarnación inspiró a los primeros discípulos como lo sigue haciendo en la actualidad con nosotros.

«Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima» (Jn 1,35-39). 

¿Qué queremos vivir?

¿Qué buscáis? Es la pregunta permanente que nos abre a Dios. ¿Qué queremos vivir? ¿Desde qué horizonte queremos que se despliegue nuestra vida? ¿Pegados a la supervivencia, a ras del suelo? O con sentido, con trascendencia, con profundidad. ¿Cómo queremos que sea nuestra vivencia comunitaria? Vivimos tiempos de tanta inmediatez, de velocidad frenética, de que nos acontezcan diariamente un montón de actividades, lugares, personas, situaciones, que somos incapaces de mirar al otro, de detenernos a sus necesidades.

Animémonos a seguir creciendo en familia, ilusionados con lo que se nos regalará, cada vez con más confianza y amistad íntima con Jesús y entre nosotros. Creer que la fe no se puede vivir sin un arraigo comunitario nos hace mirar de forma acogedora a la realidad de nuestra Iglesia. Al mismo tiempo santa y pecadora, con todo lo que supone la flaqueza humana y la custodia continuada de la acción del Espíritu Santo. Afirmar que creemos en la Iglesia no significa anular nuestra capacidad crítica y el reconocimiento humilde de sus muchas zonas oscuras.

 

“Iglesia madre” desde la fragilidad humana

Pero la evidencia de una comunidad formada por hombres y mujeres limitados, no nos puede hacer huir o alejarnos de su necesidad. La Iglesia es nuestra madre, es la que nos ha acercado a Jesucristo, a la Palabra de Dios, a la realización imperfecta pero real de la instauración del Reino de Dios en medio de la historia. Si miramos nuestro pasado es imposible no vivir agradecidos por la innumerable nube de testigos que nos han mostrado con sus vidas la fuerza de Dios en una vida humana. La cantidad de hombres y mujeres que, por su acogida de la fe, por responder confiadamente a la llamada de Cristo a seguirle, han llenado su humanidad de divinidad. Es fácil ser misericordiosos con las historias de personas rotas, con vidas durísimas, que han cometido toda serie de tropelías y excesos. No juzgamos las historias de personas que se acercan de nuevo a la fe. Pero nos cuesta mucho más ejercer la misericordia con las personas que se revisten de títulos eclesiásticos. Olvidando que la misericordia la necesitamos todos.

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