En este recorrido cuaresmal continuamos tratando de alcanzar la grandeza del mensaje de Jesús a sus discípulos, los de ayer y los de hoy. Mientras Jesús se enfrenta al dolor, a la soledad, al abandono total y absoluto, ellos estaban embrollados en la lucha por el tener, el parecer y el poder (cf. Mt 4,111). Igualmente, nosotros -sus nuevos discípuloscontinuamos con los mismos errores, tan antiguos y tan nuevos. Nos decimos creyentes y solo creemos en nuestra fuerza; hombres y mujeres de fe y vivimos un puro ritualismo; solidarios y compartimos aquello que nos sobra; comprometidos con el evangelio y hacemos de él una ideología del tipo que sea.
Por eso, os propongo un sencillo ejercicio para cada día de esta cuaresma. Os invito a buscar un lugar tranquilo y seguro y allí, con una respiración pausada cerrar los ojos y, en silencio, mirarnos un ratito por dentro… descubrir qué nos preocupa, qué pensamientos nos asaltan o qué urgencias son las que nos asoman como apremiantes, en definitiva, acoger qué nos dice Dios a través del silencio. En este ejercicio podríamos encontrarnos -por qué nocon la mirada de Jesús, dejarnos contemplar por Él, abrir un espacio y un tiempo propicio para la comunicación y experimentar una comunión profunda con el Dios de la vida. Algo parecido hizo el propio Jesús cuando fue al desierto durante cuarenta días, allí encontró
las voces que le impelían a volver atrás, a no dar crédito al mensaje de su Abba, a sucumbir a lo “fácil” de la vida, pero allí también encontró la fuerza para afrontar la misión que el Padre le había encomendado, una misión de amor y de muerte, de oscuridad y resurrección. Así pues, en el cuerpo de Jesús aparecen dibujadas las heridas de la humanidad: el odio, la traición, el rencor, la incomprensión, la soledad y tantas otras a las que Él siempre responde con bien.
En octubre pasado el Papa León XIV publicaba su primera Exhortación Apostólica titulada Dilexi te (Te he amado, Ap 3,9), sobre la que versa nuestro artículo central. En ella nos dice que la prueba tangible del amor a Dios es el amor al prójimo (1 Jn 4,20), que Jesús nos enseña que todo acto de amor hacia el otro, por pequeño que sea, es reflejo del amor divino (Mt 25,40). Por eso, nos invita a vivir en primera persona las obras de misericordia, las obras que devuelven la dignidad a todo ser humano sin esperar nada a cambio. El problema es que, muchas veces, casamos este discurso y su contrario. Es decir, sorprendentemente no genera contradicción el discurso de odio contra el inmigrante, el refugiado o el pobre con el discurso de Jesús, dos discursos paralelos y opuestos, pero perfectamente ensamblados en la misma persona… cristiana. Quizá otro buen ejercicio cuaresmal pudiera ser el de revisar a la luz del evangelio la lectura “creyente” que hacemos de la realidad. Y es que estamos llamados a reconocer que la misericordia y el amor al prójimo en la Iglesia no son una moda cuaresmal sino la viga maestra en la que se asienta el don de Dios a la humanidad, por tanto, estamos llamados a convertirnos de corazón y en verdad al Evangelio y a la Palabra de Dios en sus expresiones y formas más concretas. Que tengamos una santa cuaresma.