“El que emprende el viaje espiritual no sabe adónde va ni dirige su propia marcha, sino que se expone obedencialmente a la iniciativa del Espíritu para que disponga de él e intenta dejarse encontrar por el misterio del Otro. El turista espiritual, en cambio, sólo acepta iniciar “viajes organizados” en los que toda sorpresa esté abortada y “la cosa que hay que ver” esté bien clasificada según su valor, con una, dos o tres estrellas. El viajero espiritual da tiempo al tiempo, degusta la duración, el reposo, la espera y se asombra al contemplar cada vez aspectos nuevos en los mismos paisajes; mientras que el turista del alma no busca a nadie y resbala sobre lo esencial, consume paisajes, templos y experiencias interiores mercantilizando el viaje, debe rentabilizar sus desplazamientos y vive cualquier contratiempo como una disfunción de la compañía organizadora. El turista espiritual solo se busca a sí mismo y su propio consuelo espiritual” (Llorenç Sagalés, El viaje espiritual: encuentro con Dios y experiencia con uno mismo, revista Sal Terrae 97 (2009).
Turistas o viajeros del Espíritu
Victor Chacón CSsR