Todavía nos estamos recuperando del impacto de los accidentes ferroviarios ocurridos en Córdoba hace unas semanas. Como si de una pesadilla se tratase, los medios de comunicación muestran historias de familias absolutamente rotas por el dolor de la pérdida. Y esa España, tantas veces invisible, se convierte en la respuesta más clara, ágil y solidaria que se puede dar. Familias que abren sus puertas para acoger, que aportan alimentos y mantas para hacer más soportable la desgracia, vehículos particulares que trasladan a las víctimas a los hospitales, jóvenes que se lanzan a rescatar heridos de los trenes… gente anónima y buena, que no esperan nada a cambio, solo paliar el sufrimiento. Saben que ayudar es la clave, que solidarizarse con el dolor de los demás es responder a la vocación más humana y, por ello, más divina. Mientras tanto, muchos de nuestros representantes públicos parecen dar palos de ciego y estar más preocupados por los titulares que por resolver los problemas concretos del pueblo, ese pueblo que una vez más vuelve a dar una lección de solidaridad y valentía. Se abre otra brecha: la desconexión, la incapacidad y la falta de empatía.
Después del primer impacto trágico vendrá el tiempo más difícil de digerir: el dolor, la ausencia, el vacío y la tristeza para tantas familias… Luego llegarán los sentimientos encontrados que duelen (duelo): la tristeza, el miedo, la culpa, la rabia; después de un tiempo llegará la aceptación y, por último, la vuelta a la vida, a las relaciones en paz. Con todo, a nosotros como cristianos se nos invita a vivir la despedida en una clave más ancha, más esperanzada… y esto no forma parte de un discurso abstracto, vano o académico sino de algo tan personal y libre como es la fe. Como decimos en misa los domingos: “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna…”. Creo, por tanto, en la resurrección de Jesús que es centro de la fe cristiana: “Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos” (1 Cor 15,20ss); “Yo soy la resurrección y la vida, el que vive en mí, nunca morirá” (Jn 11,25.27). Hay que tener en cuenta que la fe no evita el sufrimiento ni el llanto, pero, abre una espita muy importante, la de la esperanza. No impide el dolor, no lo esconde ni lo camufla, pero lo trasciende y hace que se pueda encontrar la paz, el consuelo, el ansiado descanso.
Por tanto, la esperanza, la fe y la caridad -que están en el corazón de Dios- son para el cristiano aire puro que enjuga nuestras lágrimas, por eso no podemos vivir la esperanza sin fe pues “la fe es el cimiento vivo de aquello que se espera” (Hb 11,1); ni la fe podrá subsistir sin proveer a la caridad ya que “la fe sin obras está muerta” (St 2,17). Como si de un triángulo perfecto se tratase, la vida nos lleva por cada uno de sus vértices –fe, esperanza, caridad- hasta colocarnos, tarde o temprano, en el equilibrio humano y posible. Gracias a la crucifixión de Jesús sabemos que la muerte, sea la que sea y como sea, no significa que Dios nos abandona, sino que hará que todo acabe en resurrección, esta es la esperanza cristiana, la prueba de lo que no se ve.