jueves, 12 marzo 2026

La amistad y el acogimiento

Pedro Concejero Lasso de la Vega

Es una invitación maravillosa la que se me hace aquí para hablar de dos cuestiones fundamentales en mi vida; a saber, la amistad y el acogimiento, y además para tratar de entretejer la relación entre ambas.

Dos maneras distintas de amar

Quiero excusarme ya de entrada con el lector, antes de que comience la lectura, porque asomarán por aquí la cabeza, de manera tímida unas veces, y evidente y hasta violenta otras, las experiencias de acogimiento que jalonan mi vida. Para que el amado lector pueda situarse, diré que formo parte del Grupo de Acogimiento de Urgencia de la Comunidad de Madrid desde 2018, y que solo hace unos días que acaba de marcharse el quinto hijo acogido.

Son –y empiezo- tanto la amistad como el acogimiento dos maneras distintas de llevar a cabo lo mismo, dos maneras de aprender a amar lo que viene, lo que llega, lo que la vida ofrece, de abrazar lo que surge.

Amar en la llegada y en la despedida, amar sin poseer, amar y, aprendiendo a amar, aprender a despedirse, aprender a acompañar, a escuchar sin juicio. No siempre hace falta que hablemos ni que pongamos encima de la mesa la necesidad del ser humano de encajar, de pertenecer a una tribu, de verse reconocido en y por la mirada del otro.

En el Génesis, la expulsión del paraíso acontece cuando se rompen los lazos, cuando nos echamos la culpa, cuando dejamos de fiarnos y nos escondemos de la mirada del otro, cuando nos avergonzamos de nosotros mismos. Cuando hablamos de acogimiento y de amistad hablamos del despliegue posible para la restauración de ese paraíso, para la recomposición de los lazos en la comunidad.

Amistad en la literatura

Poco se señala que la mayor aportación española a las letras universales, y acaso la mayor novela de todos los tiempos, sea un libro sobre la amistad, sobre dos desconocidos que terminan siendo íntimos amigos. Cualquier lector atento del Quijote nota como al final de libro Sancho le dice a su señor un par de cosas que para hablar de la amistad resultan fundamentales. Dice el buen escudero: “No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.” Ahí está, expresado con total nitidez, un amigo recordándole al otro la importancia de decir sí a la vida, y calificando de locura no hacerlo (pensábamos que Don Quijote estaba loco y ahora todo el libro cambia de significado). Sancho señala la importancia de aventurar la vida, de transformarla en aventura. La aventura no un viaje organizado: no habrá escalas, hoteles, fechas ni monumentos que visitar; la aventura es incertidumbre. El amigo te invita a aventurarte, a adentrarte en lo que no conoces, a abrazar lo que debe ser integrado… a vencer el miedo, en definitiva, y te recuerda que no vivir así es “dejarse morir, sin más ni más”.

Años antes de la publicación del Quijote, en una joya maravillosa del Renacimiento español llamada El Abencerraje y la hermosa Jarifa, tenemos otra narración que nos da más pistas sobre la verdadera naturaleza de la amistad. En el Abencerraje, de autor desconocido, un moro y un cristiano, llamados Abindarráez y Narváez, se enfrentan en la llamada tierra de frontera. Abindarráez es derrotado y suplica así a su vencedor: “Rodrigo de Narvaez, alcayde tan nombrado de Alora, está[te] atento a lo que te dixere, y verás si bastan los casos de mi fortuna a derribar un coraçón de un hombre captivo”. Narváez escucha la triste historia de su prisionero, y decide liberarle con la condición de que en tres días regrese y quede como cautivo suyo. En esos días, Abindarráez consigue hablar con su enamorada Jarifa y finalmente regresan juntos. Narváez ha confiado, y Abindarráez está a la altura de esa confianza, incluso a riesgo de su misma libertad. La palabra desemboca así en confianza, y la confianza en amistad. Los tres terminan convirtiéndose en grandes amigos, como atestiguan las cartas que se envían tiempo después del suceso.

¿Qué señala, qué subraya esta historia sobre la amistad? Tenemos, por un lado, el nacimiento, el origen de una amistad que, por otro lado, de forma imprevista, se produce entre distintos, entre diferentes, entre sujetos pertenecientes a realidades y a coordenadas mentales enfrentadas, algunos dirán que entre enemigos. La magia surge cuando Abindarráez pide hablar y Narváez le cede la palabra, crea un espacio para la palabra del otro; entre la valentía de quien la pide y la generosidad de quien la concede. La palabra del otro nos cambia, nos desplaza de nuestros planes. Nos obliga, cuando las cosas no son cómo pensábamos, a algo tan sabio como hacer las paces con el presente.

Ideas sobre la amistad

Acaso sea la amistad el lugar desde el que se descubre parte de la verdadera naturaleza de las cosas, o de la conexión entre ellas. Para los griegos, la amistad es “un alma en dos cuerpos”, lo que muestra claramente la ruptura de los límites de uno mismo. Verme en el otro y a través de él. Es decir, que ni yo soy yo, ni tú eres tú. Y desvelado el misterio, poder disfrutar de ser nadie. Nadie es feliz pero qué difícil es ser nadie. Me encanta cómo lo explica Byung-Chul Han en Filosofía del budismo zen, contando la siguiente anécdota:

Yangshan (Huiji) preguntó a Sansheng (Huiran): “¿Cómo te llamas?”. Sansheng dijo: “Huiji.” Yangshan replicó: “¡Pero si Huiji soy yo!”. Sansheng dijo: “entonces mi nombre es Huiran.” Yangshan rio fuertemente: “¡ja, ja, ja!”.

En la historia resulta maravilloso cómo se identifican igualmente con su nombre y con el del otro. Además, la risa aparece como el efecto de esa desidentificación, haciendo añicos cualquier fantasía de separación.

Se cita a menudo la frase de Ortega: “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. La verdad es que las circunstancias son, ante todo y sobre todo, personales, son las otras personas, son los ojos de los otros. De alguna manera, estamos todos en el mismo escenario, ante la misma tesis; es decir, yo no soy solo yo, me quedo escaso, limitado (Ortega habla en términos de salvación) si apenas me remito a lo mío. O tal vez para Ortega esta posibilidad ni siquiera exista, y quien cree ser él únicamente vive en la pura ilusión. El otro me determina, aunque no lo crea, aunque no quiera. A quien no se dé cuenta de que anda desperdigado por los arrabales de sí mismo, lo que le haría falta es reírse, diría Han: la risa servirá para resquebrajar la rigidez de ese yo.

 

“Familias de urgencia”

El acogimiento que yo llevo a cabo, el que mi familia disfruta, es el de urgencia. Me cuesta definirlo, circunscribirlo, encadenarlo a unas palabras. No es más que una forma de amar, menos conocida, menos habitual: eso es todo. Niños de entre cero y seis años que por diversas circunstancias no pueden estar con su familia y que, en lugar de institucionalizarlos en residencias, pasan a ser miembros de nuestra familia durante el tiempo que dura la resolución de sus casos. Después, meses o incluso años después, regresan con su familia biológica, o marchan con algún miembro de su familia extensa que puede hacerse cargo, o son acogidos en el programa de acogimiento permanente, o son adoptados -la cuestión legal es compleja; las resoluciones, más detalladas, pero no es esto lo que nos ocupa-.

En primer lugar, parece que este acogimiento de urgencia nuestro, en su naturaleza más profunda, posee las mismas características que la amistad. Esta última, decíamos, es una apertura a la palabra del otro. En el acogimiento de urgencia aún no hay tal palabra, o mejor aún; habrá que dar un espacio al silencio que permitirá que la voz surja y tras ella la palabra. En ese horizonte en que llegamos a ser nadie, para bailar en la desidentificación de la que habla Han, la apertura al silencio se hace aún más determinante, más fecunda.

Hacer espacio para poder acoger

Esa apertura implica desplazamiento. Como un buen libro, como una buena conversación, como un viaje (aventura mejor, hemos dicho) y sobre todo como los amigos, nos saca de nosotros mismos y nos recuerda la amplitud del mundo. O debería hacerlo.

Un asunto crucial en el acogimiento de urgencia es el duelo tras la marcha del acogido. Hay algo sagrado en ello. Algo misterioso que, mirado de frente y con paciencia (ese tiempo necesario para que las cosas se muestren como son), desvela una verdad profunda. Nada es nuestro. Amar es dejar partir; incluso, si se quiere, es tomar conciencia de que hay posibilidades mejores que tú mismo (y en realidad siempre las hay, y lo sabemos). Otra cosa es el ego queriendo apropiarse de aquello que nos ha hecho felices, que nos ha proporcionado placer. Pero hay (y eso también lo sabemos) una felicidad enorme en la contribución, en haber sido parte y dejar paso.

Cuando ya está elegida la familia con la que nuestro acogido se marcha, mi mujer, mucho más sabia que yo, siempre dice que es el momento de ser generosos, de dar un paso atrás. “Un paso atrás” es la máxima espiritual que nos ayuda tomar conciencia, es la manera de salir del atolladero de las compulsiones y los patrones, de la inercia ciega. A lo mejor es el momento en el que uno debe darse cuenta de la maravilla de vivir siendo generosos, en el olvido de sí, cuando corresponde.

Dos formas humanas de crecer

Los seres humanos tenemos solo dos formas de crecer: a través del sufrimiento o a través de la comprensión. O sufrimos, y a veces eso nos despierta a lo que no sabíamos ver, o comprendemos, abrazamos e integramos, elevándonos por encima de nosotros mismos. Mi propuesta es, sin duda, que la amistad y el acogimiento, cada uno a su manera, son dos de las invitaciones más maravillosas al crecimiento a través de la comprensión. Tendrá razón quien diga que hay dolor en ambas, obviamente, pero cuando pasamos semanas llorando tras la marcha de alguno pequeños acogidos y alguien nos pregunta si estamos bien, no puedo dejar de pensar que son sólo las cicatrices del corazón haciéndose más grande.

Me gusta pensar en el acogimiento y en mis amigos a la vez, en qué efecto tienen entre sí. No puedo dejar de pensar y agradecer a los que nos precedieron en el grupo de acogida, unos amigos que nos contaron lo que estas cosas eran para ellos y así nos mostraron lo que podían ser para nosotros. Los amigos dándose permiso para que emerja lo mejor de ellos mismos. Con frecuencia, los acogedores somos testigos de la magia que se produce cuando una nueva familia acogedora entra en el sistema, pero también a veces tenemos que ver cómo nuestro propio sistema familiar cuestiona lo que hacemos, a veces en forma de resistencia. Menudo lío, quién os manda. Como si meterse en problemas no fuera, tal vez, un síntoma de ese aventurar la vida del que hablábamos antes. Ese terremoto en el sistema familiar que producen los acogidos solo puede asumirse si estamos dispuestos a abrazar la incertidumbre. De los niños que llegan muchas veces sabemos muy poco; traen consigo, invisible, una biografía desconocida. Toca abrazar, eso es todo. A veces querer saber es un síntoma de que no nos hemos sumergido de pleno en la tarea que tenemos por delante, la de dar todo el amor del que seamos capaces, de todas las formas posibles.

La aspiración clara: mente despierta, corazón abierto y mano tendida. Y saber que no podremos solos, que es difícil corregirse uno solo, que nos vemos a través de los ojos del otro. Razón tendrá el que señale que además hace falta buen criterio, pero obviamente también tendrá razón quien señale que es imposible sin acogimiento o sin amigos.

 

Consideraciones finales

  • Hay cosas que se aprenden por ósmosis; seguramente las más importantes se aprenden por imitación. Esto nos obliga a estar a la altura del ejemplo que damos. Me gusta la idea de tener amigos y de mostrárselos a nuestros hijos como quien muestra un tesoro con orgullo. Cuidamos y nos cuidan, escuchamos y nos escuchan en un espacio sin juicios. Espero que algo puedan aprender mis hijos de todo esto. Por lo mismo, el acogimiento debe ser una decisión familiar y nos parece que los hijos son los que (a lo mejor sin saberlo) llevan a cabo la tarea más generosa: compartir espacios, tiempos, compartir a sus padres, en definitiva. Hay que hacérselo saber, mostrarles nuestra admiración.
  • En la amistad y en el acogimiento se hace presente una máxima zen que es necesario recordar: hay que quitarse de en medio, es decir, saber echarse a un lado. En la amistad hay que dejar un espacio para que el otro pueda hablar y expresarse sin juicio; en el acogimiento hay que saber que no se trata de uno mismo, en la humildad de entender cuáles son los límites de la tarea para, circunscrita, llevarla a cabo con el mayor cariño posible. Hay un momento en el acogimiento de urgencia, cuando comienza la adaptación a la nueva familia de acogida, en el que esto se hace visible especialmente. Sea cual sea el destino del niño, hay un periodo de convivencia de la familia de urgencia y la de destino en el que es preciso ser especialmente generosos.
  • Es importante recordar que ni amistad ni acogimiento son un refugio, o que no son solamente un refugio. Se trata, en la misma medida, si se hace bien, de una peculiar manera de complicarse la vida. Y es que actualmente circulan por el mundo dos ideas que deben ser combatidas con fuerza, por las consecuencias tan negativas que tienen: la primera es que la felicidad es un spa; la segunda, que es una obligación. Julián Marías explicó en páginas valiosísimas (pienso en el libro que se titula precisamente La felicidad humana) los diferentes significados del término “felicidad”, y las distintas consecuencias para la vida de quienes los sostienen; a ellas me remito. Solamente querría comentar un aspecto especialmente relevante para lo que estamos hablando. Obviamente la fuente fundamental de felicidad son las personas. Y no puede ocultarse que la amistad implica en algunas ocasiones incomodidad. A veces se nos olvida que las mejores cosas de la vida se encuentran al otro lado de la incomodidad, surgen cuando la atraviesas. Tener amigos, disfrutar de buenos amigos, implica compromiso, tiempo, atención, ternura, exposición, hallar la fuerza en la vulnerabilidad, en ese maravilloso momento en el que uno es capaz de decir: no tengo nada que ocultar.

El lector pensará que en el caso del acogimiento la incomodidad es más obvia. Puede ser. Pero también es más visible la felicidad, entendida como contribución. La que surge de ver florecer al otro, la que te obliga a quitarte de en medio.

 

PREGÚNTATE Y RESPONDE:

  1. ¿Qué entiendo yo por amistad? ¿Considero que tengo muchos amigos?
  2. ¿Creo que soy una persona abierta y acogedora? ¿Se me da bien “hacer amigos”?
  3. Dice el texto: “La palabra del otro nos cambia, nos desplaza de nuestros planes. Nos obliga, cuando las cosas no son como pensábamos, a algo tan sabio como hacer las paces con el presente”. ¿Crees que es cierto? ¿Has tenido experiencia de eso? ¿Cuándo?
  4. Dice el texto: “Nada es nuestro. Amar es dejar partir; incluso si se quiere, es tomar conciencia de que hay posibilidades mejores que tú mismo”. ¿Qué te parece esa afirmación? ¿Amar es dejar partir, no es poseer o compartir?
  5. Dice el texto: “Un paso atrás, ésa es la máxima espiritual que nos ayuda a tomar conciencia, es la manera de salir del atolladero de nuestras compulsiones y patrones, de la inercia”. ¿Qué crees que quiere decir? ¿A veces puede ayudar dar un paso atrás, dejar algo? ¿Crees que tú también tienes alguna compulsión o manía en tu forma de relacionarte?
  6. Dice el texto: “De los niños que llegan a veces sabemos muy poco; traen consigo invisible, una biografía desconocida. Toca abrazar, eso es todo”. ¿Te has sentido alguna vez amado incondicionalmente? ¿Has amado tú así a alguien?
  7. Dice el texto: “Los seres humanos tenemos solo dos formas de crecer: a través del sufrimiento o a través de la comprensión” ¿Te parece que lleva razón? ¿Por qué?
  8. ¿Te habías planteado alguna vez que tu fe te puede pedir compromisos fuertes con los demás como a esta familia ser “familia de acogida”? ¿Qué piensas de ello?
  9. “Circulan por el mundo dos ideas que deben ser combatidas con fuerza: la primera es que la felicidad es un “Spa”, la segunda que es una obligación”. ¿Por qué crees que dice eso el autor? ¿Estás de acuerdo?

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