Padres creyentes, hijos indiferentes

Hay padres creyentes que han dado un buen testimonio de su fe ante sus hijos, con palabras y obras. En ocasiones los hijos no parece que, en este tema religioso, hagan mucho caso a sus padres. Posiblemente respetan a sus padres, pero no manifiestan interés por la religión, no practican, están alejados de la Iglesia. De padres creyentes salen hijos ateos, indiferentes o no religiosos. Cuando esto ocurre hay padres, con muy buena voluntad, que aman a sus hijos y rezan por ellos, que se preguntan cómo es posible que sus hijos no abracen la fe: ¿qué hemos hecho mal?, ¿dónde hemos fallado?

De entrada, esta pregunta está mal planteada. Seguramente no lo han hecho mal, han hecho lo que han podido, y lo que han hecho ha estado bien. ¿Entonces dónde está el problema? Una respuesta fácil es decir que el caso contrario también se da: de padres ateos o contrarios a la religión salen hijos religiosos. Aunque esta constatación sea cierta conviene ir al fondo del problema. Primero para tranquilizar a los padres que han hecho lo que han podido y después para comprender que para que nazca la fe no bastan las buenas palabras y los buenos ejemplos.

Para que nazca la fe se requieren dos cosas: una, el anuncio del evangelio. La fe no nace por generación espontánea, es el resultado de un anuncio, es la consecuencia de una buena presentación de Jesucristo. Para que el anuncio sea correcto se requiere una predicación elocuente y unos buenos signos de la fe. En el caso de los padres, la predicación consiste en educar en la fe a sus hijos y los signos en darles ejemplo de vida y práctica cristiana. Pero esto solo no basta para que nazca la fe.

Para que nazca la fe se requiere, además de una predicación y un testimonio elocuente, convencido y convincente, que este anuncio sea acogido por el destinatario, en nuestro caso por los hijos. El anuncio es responsabilidad de la Iglesia, de los padres. La acogida es libre y es responsabilidad del destinatario de la predicación, es responsabilidad de los hijos. En la acogida entra en juego la libertad del oyente. La libertad puede estar condicionada por muchas cosas, pero en definitiva quién tiene que dar el paso de la acogida es el propio receptor, aquel al que va destinada la predicación. Y ahí los padres creyentes ya no tienen ninguna responsabilidad. La acogida, si bien requiere de un buen anuncio y un buen testimonio, es un asunto entre Dios y cada uno.

Una cosa más: nunca sabemos cuando nuestras palabras y ejemplos darán fruto. A lo mejor no dan fruto tan aprisa como nos gustaría. Quizás lo den en el momento más inesperado. La labor de los buenos padres es educar a sus hijos en la fe. Ahí termina su labor. Quizás, al principio, estén un poco tristes o defraudados porque sus hijos no responden como a ellos les gustaría. Hay que seguir rezando, porque quizás, un día se lleven la sorpresa de ver cómo sus hijos se integran en la Iglesia. Y si no se llevan esta buena sorpresa, no tienen que culpabilizarse, sino amar a sus hijos tal como son, porque Dios les ama así.

Martín Gelabert

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