Hoy teníamos una escapada y decidimos coger el metro que, por cierto, estaba a reventar de gente. Mirando a nuestro alrededor no podemos evitar comentar la cantidad de personas que van con el móvil, sin prestar atención a lo que sucede fuera. Mire donde mire veo gente con la mirada perdida, con los cascos puestos escuchando podcasts, música, hablando en voz alta por teléfono; otros tienen la vista fija en la pantalla: videojuegos, mensajes, redes sociales, vídeos, series. Y no son solo los jóvenes, ni las personas de un cierto perfil, no: es la inmensa mayoría.
Pero esto no ocurre solo en el metro. Pasa en cafeterías, caminando por la acera. Nos hemos acostumbrado a ver gente que parece ir hablando sola por la calle, ya no distinguimos entre quienes hablan solos y quienes hablan con alguien a través de auriculares. Es algo tan común que casi pasa desapercibido. Pero si nos detenemos a pensar, resulta inquietante: vivimos conectados casi todo el tiempo.
Llegamos a casa: «Buenas tardes, ya estoy», y nos recibe el silencio. Todos en sus habitaciones, absortos, con auriculares. Subimos al coche, desde atrás se oye: «¿Ponéis música?», respondes: «¡Pero si no me ha dado tiempo a arrancar!».
El silencio, hoy, parece haberse vuelto incómodo. Hubo un tiempo en que esperar era simplemente esperar. Mirábamos el paisaje desde la ventana del autobús, observábamos a la gente pasar o dejábamos que la mente se perdiera soñando despierta. ¡Por no hablar de la antigua costumbre de los pueblos de sacar la silla a la calle para ver pasar a la gente! Ahora, en cuanto aparece un segundo de vacío, se nos va la mano casi sola hacia el bolsillo. El silencio dura apenas un instante.
¿Por qué? En parte, porque el mundo digital nos proporciona compañía constante. Cada notificación es una pequeña llamada: alguien ha pensado en ti, algo nuevo está ocurriendo. El móvil nos susurra que no estamos solos, que siempre hay algo esperándonos al otro lado de la pantalla. Nos conecta, pero también nos aísla. Los auriculares crean una burbuja invisible que nos separa del ruido de la ciudad, de las conversaciones ajenas, incluso de la posibilidad de interactuar con desconocidos.
Sin embargo, mientras más conectados estamos a los dispositivos, más fácil es desconectarnos del momento presente. Caminamos por calles que apenas miramos. Compartimos mesas con personas a las que prestamos poca atención. Saltamos de estímulo en estímulo sin permitir que la mente descanse. Y nos estamos privando de algo extremadamente valioso: el silencio. Solo cuando nos lo regalamos surgen ideas inesperadas, vuelven recuerdos olvidados, aparecen preguntas importantes y, muchas veces, respuestas inesperadas.
Curiosamente, el silencio nos permite conectar con el entorno: escuchar la lluvia, los pasos en la acera, el tráfico que pasa. Es una forma de sentirnos acompañados, de estar alerta, de estar atentos al prójimo: alguien que solloza y necesita un abrazo, una carcajada lejana que te hace sonreír, un tropezón en la escalera del metro de alguien que necesita una mano.
No se trata de renunciar a la tecnología. La música puede emocionarnos, un podcast enseñarnos algo nuevo, un mensaje acercarnos a quien está lejos. El verdadero desafío es otro: recordar que también existe la vida fuera de los auriculares. A veces basta con caminar unos minutos sin música, sin notificaciones, sin mirar la pantalla. Escuchar la lluvia cayendo. Sin necesidad de buscarla en YouTube. Y descubrir que el mundo —y nuestra propia mente— todavía tienen mucho que decir.