Pascua, volver a lo esencial

Francisco Javier Caballero, CSsR

En el camino de la fe vas viendo que lo importante no es tanto hacer cosas nuevas, cuanto ir desvistiéndote de costumbres antiguas. La palabra es, esencialidad. Y nos pide un recorrido limpio y nuevo por la realidad; una búsqueda serena y fresca de Jesús y una andadura inocente y sincera en la comunión.

La esencialidad, por tanto, no es añadir estilos nuevos, sino “desabrigar” la fe de ropajes que van reduciendo el cristianismo a participantes, sin vida, de un espectáculo cultural-religioso. Deshacernos de cuanto supone una atadura para gustar la libertad del seguimiento de Jesús ha de contener la espera de lo que celebraremos, con gozo, en la Pascua. No deja de ser curioso que tanto practicantes como personas alejadas de la vida de fe, lo que vengamos a recordar no son tanto experiencias de vida, sino imposiciones, preceptos o leyes que, muchas veces, no sabemos ni a qué responden, ni cual es su fin.

La esencialidad no nos pide un ejercicio de voluntad, nos pide un descubrimiento de amor. No nos resta libertad humana, ni posibilidades a nuestra existencia porque levanta en cada uno de nosotros su mejor identidad. “El gozo del Dios es que el hombre viva” decía el San Ireneo de Lyon, y la esencialidad, de manera explícita afirma que Pascua es la transformación de nuestras personas cuando descubren la vida con calidad; las relaciones con verdad; y la existencia con alegría.

 

La esencialidad, evidentemente, no habla de cosas; habla de valores y, entre ellos, de manera primordial de confianza y fe. Porque es esencial para cada uno de nosotros volver a creer y hacerlo, además, limpiamente y sin condiciones, apoyados en la fragilidad de saber que solo y todo depende de un Dios que es fiel a la alianza con su Pueblo y lo conduce hacia la libertad de la Pascua. Si algo evidencia la esencialidad es que nos devuelve al encuentro, a la fraternidad, al perdón… nos devuelve al camino al lado de otros y otras. Por eso la experiencia de seguir a Jesús nos permite descubrir, como esencial en la vida, el regalo de hermanos y hermanas. Son ellos y ellas quienes mejor reflejan, para cada uno de nosotros, el rostro de Dios; y quienes, de manera clara, nos inspiran el cambio necesario que ha de vivir nuestro corazón para descubrir la Pascua… porque la relación con los demás se apoya siempre en el perdón, el reconocimiento y la paz.

Así, de manera clara, es el mismo Cristo quien con nosotros va haciendo este camino de descubrimiento del rostro de Dios como Padre. Es él y su entrega absoluta quien nos permite entender la obediencia a su voluntad como la libertad sin límites; es solo Cristo, quien nos enseña que la Cruz es, en verdad, la manifestación más evidente de la profunda felicidad, no porque encontremos gusto en sufrir, sino porque descubrimos la plenitud personal en la donación total de nuestra vida. Viajar hacia la esencialidad es, por tanto, el itinerario de la Pascua para cada uno de nosotros porque posibilita que salga a la luz lo mejor de nosotros.

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