En algún momento nos cansaremos de esta carrera vertiginosa del tener, del poseer y del control absoluto sobre las cosas y las personas. El deseo de seguridad nos está “robando la belleza y la grandeza de la vida”. En el fondo –dicen los antropólogos- no es más que la aspiración -tan antigua y tan nueva- de querer ser como dioses. Y desde ahí se entienden tantas cosas que pasan, que nos pasan… la ambición desmedida, la insatisfacción personal, el vacío existencial, el narcisismo manipulador y otras lagunas que campan a sus anchas entre los hombres y mujeres de este siglo XXI.
Cuando comienza un año nuevo pareciera que de un plumazo exorcizamos los prejuicios del pasado, las varas de medir de otros tiempos, las antiguas rencillas entre familiares o amigos… pero, en la mayoría de las ocasiones –no nos engañemos- no deja de ser una pose de año nuevo. Inaugurar un tiempo diferente significa levantar el velo de los prejuicios enquistados; estrenar actitudes que se acerquen a los otros en lo que son y en lo que necesitan; actuar en conciencia y responsabilidad con la realidad y con el mundo que nos rodea; dejar las respuestas prefabricadas para implicarse en la vida de tantas personas que sufren; confirmar nuestra fe en la posibilidad de que el evangelio se encarne aquí y ahora. Sobran las palabras faltan los gestos, los signos y las obras elocuentes.
Ojalá entendamos este tiempo como una nueva travesía que nos acerca a Dios y a la humanidad, la propia y la ajena. Por eso, vestirse de novedad es más que rodearse de luces o de guirnaldas… es redescubrir esos rostros e historias salidas del anonimato y dotadas de realidad; es arriesgarse a transitar caminos inéditos con personas nuevas, sin predisponer ni pedir; es sobre todo permitir que Dios siga siendo sorpresa y no domesticación; es dejarse mecer por aquél que todo lo sabe…
Nos urge situarnos en clave de amor humilde, abrir los ojos y descubrir que el Dios al que intentamos seguir cada día ama profundamente todo, todo, todo lo que ha creado. Por eso, nuestra respuesta no puede ser otra que intentar amar a quién Dios ama y amar como Dios ama. Es la única forma digna de responder al plan de Dios para con nosotros. Y, amar, conlleva nombres, experiencias, acontecimientos que, a veces, no se entienden en una lógica puramente humana, sociológica o empírica. Como dijo el Papa Francisco: “El amor va más allá de lo útil, lo conveniente y lo debido; el amor genera asombro, inspira impulsos creativos, gratuitos”. Quizá nuestra fe debiera parecerse más a esta experiencia de amor que a un reconocimiento de principios o dogmas que no siempre conducen a la acogida del prójimo. Quizá sea una buena forma de comenzar este año el proponernos amar más allá de lo útil, conveniente o debido… quizá haya todavía en nosotros un amar asombroso que está por despertar. Que este año 2026 sea un caminar amoroso lleno de búsquedas, de nombres y de encuentros que sanan y reconcilian. Feliz año nuevo.