Las emociones en el acto de fe

Martín Gelabert

La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ha publicado una oportuna nota sobre el papel de las emociones en el acto de fe. La vida espiritual y el encuentro con Dios afecta a la persona en todas sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva, pero de ningún modo se reduce a lo puramente emocional o a lo sentimental.

La nota viene motivada porque en estos últimos años han aparecido diversas iniciativas de primer anuncio que, con métodos distintos, buscan facilitar el encuentro de la persona con Jesucristo. En todos estos métodos tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un gran impacto en las personas. Pero este primer momento debe prolongarse con una profundización en las implicaciones y consecuencias del anuncio, o sea, en una formación en la fe (que conduce a un mejor conocimiento de Jesucristo), en un cambio de actitudes en la vida, en un serio testimonio de Jesucristo de forma creíble (apostolado) y en celebrar el encuentro con el Señor por medio de la liturgia y los sacramentos.

En nuestros días parece que en la experiencia de fe ocupan un lugar privilegiado los sentimientos y las emociones. Pero estos sentimientos deben regularse y completarse, pues pueden ser un obstáculo para el crecimiento espiritual. A una fe basada solo en sentimientos positivos y agradables le repugna la cruz. No hay que minusvalorar las emociones, pero hay que tener claras dos cosas: 1) la fe no depende de la intensidad de la emoción; y 2) los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. Pues la fe sin verdad no salva, se queda en una bella fábula o en un sentimiento que, de entrada, entusiasma, pero que depende de nuestros estados de ánimo.

Por otra parte, el “emotivista” resulta fácilmente manipulable. Muchas discursos sociales y políticos apelan a las emociones, para generar adhesiones. Pero la fe es un compromiso estable en el que entra en juego toda la existencia, con todas sus dimensiones. La dimensión afectiva también, pues los sentimientos forman parte de la vida humana y, por tanto, de la vida espiritual, pero no pueden ser lo determinante de toda la vida cristiana. A veces la misma ausencia de sentimientos es parte del itinerario espiritual. Muchos grandes santos nos han contando sus momentos de sequedad o la noche oscura de su alma.

En la fe hay un aspecto de conocimiento, una dimensión de verdad que comporta la aceptación de la persona y del mensaje de Cristo. Por eso, la acogida del anuncio de Jesús como Señor y Salvador, requiere un proceso formativo, catequético, para que la fe sea madura y capaz de responder a las dificultades que se le presentan.

La vida de fe supone una dimensión eclesial. La fe es un acto personal, pero no solitario, se vive en comunión, en Iglesia. En la Iglesia se proclama la Palabra, se celebran los sacramentos y se vive el amor a los hermanos. Una vivencia eclesial de la fe no puede absolutizar el carisma del propio grupo, sino ponerlo al servicio de la unidad de la Iglesia, sin excluir, y mucho menos descalificar, otros carismas. Sin olvidar lo que dice el Vaticano II, a saber, que el juicio sobre la autenticidad de un carisma y su regulación pertenece a los pastores de la Iglesia, a los cuales compete no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (1 Tes 5,19-21).

Finalmente, la fe pide una dimensión celebrativa y exige una dimensión caritativa, que se traduce en solidaridad con los pobres y necesitados y en un serio compromiso por la búsqueda de la justicia, de la paz y del entendimiento entre las personas y los pueblos.

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