Hay derrotas que no dejan huellas visibles. Ocurren en la intimidad de una habitación, delante de una pantalla que va a apagar unos minutos después. Desde fuera parece que no ha cambiado nada. Desde dentro, casi siempre, una mezcla de vacío, vergüenza y desconcierto que es difícil de explicar. Y cada vez la promesa de que será la última vez. Sin embargo, al poco tiempo, vuelve a encenderse la pantalla y a repetirse la búsqueda.
Más allá de la moral