En el invierno de 1940, un joven de unos 24 años espera la ejecución de su condena a muerte en la prisión de Conde de Toreno, en Madrid. Ha sido condenado por «adhesión a la rebelión». Mata el tiempo dibujando retratos de sus compañeros, también condenados
Primero, mis iguales
Un día, alguien que por su vestimenta y tono parece ser alguien muy importante, y a quien no ha visto en su vida, le pide un retrato. La respuesta de este chico —llamado Antonio y a quien conoceremos más tarde como nuestro dramaturgo más importante de la segunda mitad del siglo XX— es que sus compañeros se lo han pedido antes; que son muchos los condenados a muerte y que, obviamente, ellos tienen menos tiempo. Esa dignidad frente al poder, esa firmeza de priorizar a sus iguales y esa magnanimidad le acompañarán siempre, impregnando tanto su biografía como su obra. Nos imaginamos a Buero entrando en la cárcel y preguntando: «Estos son los condenados, entonces son mis compañeros». Allí conocería a uno que le cambiaría la vida para siempre: se llamaba Miguel Hernández. También le dibujó un retrato; el poeta murió al poco tiempo, allí mismo.Este contenido es exclusivo para suscriptores
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