¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
haviéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.
Pastores, los que fueredes
allá por las majadas al otero,
si por ventura vieredes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
¡O bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!,
¡o prado de verduras,
de flores esmaltado!,
decid si por vosotros ha pasado.
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura;
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.
(S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual)