En este mundo se habla mucho de derechos, unos más dignos y legítimos que otros: derecho al trabajo, a tener una buena vivienda, a ganar un sueldo justo, derecho al asilo, derecho sobre mi cuerpo. Se habla menos de deberes, aunque alguna vez se recuerda que no hay derechos sin deberes: el derecho que tengo a que los demás me traten bien, implica por mi parte el deber de tratar bien a los demás. Por otra parte, las ganas que tengo de poseer algo comporta el deber de abonar su coste.
De lo que realmente se habla poco es de gratuidad, entre otras cosas porque solemos asociar lo gratuito a lo poco valioso. En el fondo, pensamos que nadie da nada gratis. Esta mentalidad marcada por los derechos y los deberes nos impide ver la realidad. Y la realidad es que en la base de todo lo que tenemos y podemos hay una gratuidad radical que marca todo lo que somos. Lo más valioso lo hemos conseguido gratis, sin abonar nada por ello. San Pablo se preguntaba: “¿qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4,7). Bien pensado, todo lo que tenemos es un don, empezando por el don fundamental de la vida.