En el año 1937, John Steinbeck escribió una de las parábolas más inquietantes del siglo XX; una obra corta que albergaba uno de los finales más inolvidables de la literatura norteamericana. Dos años después publicaría la monumental Las uvas de la ira y, veinticinco más tarde, recibiría el Premio Nobel de Literatura.
Un texto que se abre a lo universal
De ratones y hombres posee un estilo profundamente teatral y maneja un tiempo interno dilatado que condensa en apenas cuatro días la vida de sus protagonistas. Tradicionalmente se ha leído como una crítica a la desposesión y a las durísimas condiciones socioeconómicas padecidas durante la Gran Depresión. Sin duda lo es, pero no solo. El maestro muestra una empatía y una comprensión hacia sus personajes que evoca la famosa queja de Sánchez Ferlosio sobre La Regenta, cuando señalaba que Clarín no quería a las criaturas que había creado. Steinbeck las mira con ternura, sabedor de su trágico final. Cuentan los expertos que la amistad de Steinbeck con el biólogo marino Ed Ricketts influyó en esa visión donde la adaptación al medio resulta imposible: cualquier intento de cambiar el contexto a nuestro favor es una ilusión condenada al fracaso. Steinbeck lo vivió y lo sabía.