Tuve la oportunidad este verano de visitar unos días Barcelona. Era obligada la visita a la Sagrada Familia tras la presencia y bendición de León XIV. El templo se eleva más y más en el cielo de la ciudad, pero “respetuoso con Dios” mide 172,5 metros en su punto más alto, para no superar la altura de 177 metros de Montjuïc (la obra de Dios).
En el museo de la catedral uno se encuentra no sólo las creaciones artísticas del genial arquitecto: las maquetas, diseños, bocetos, mobiliario diseñado por él, etc. sino también sus escritos. Hay algunas frases destacadas sobre los muros que merecen comentarse. Por ejemplo una decía: “La vida es amor y el amor es sacrificio”. A veces se idealiza el amor o se pretende ver sólo el amor romántico. Esta no es la visión de Gaudí que, por otra parte, se sabe era un devoto cristiano y su proceso de beatificación está abierto. Gaudí sabe que el amor supone sacrificio: entrega, generosidad, don de sí, abnegación. Y ningún amor es pleno y auténtico si no tiene estas cualidades. En todas las familias, en todas las comunidades y grupos humanos hay alguien con esa “entrega extra” propia de quien ama. Da más de lo que se lleva. Siembra más de lo que recoge. Y eso permite que la familia funcione. Porque si todos desarrollamos una mentalidad egoísta el amor deja de ser posible. Todo el mundo pretende llevarse del grupo, pero no hay nadie que aporte ni ame ni sirva con generosidad. Sin sacrificio no hay amor ni vocación verdadera.