Hace poco nos tocaba leer en Pascua el Evangelio de Juan 16: “Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré”. La ausencia del Hijo trae una ganancia que es la presencia del Espíritu Santo. Los discípulos no son capaces de ver la ganancia, solo ven la pérdida de Jesús y caen en la tristeza. A veces nos ocurre algo similar en otras situaciones de nuestra vida, nos bloqueamos y caemos en la tristeza por perder algo bueno, pero somos incapaces de apreciar y reconocer la nueva ganancia u oportunidad que se nos presenta.
Jesús les alienta y les anima a pensar: ¡ánimo chicos! Mi tiempo con vosotros llega a su fin, pero ya hemos vivido muchas cosas juntos y habéis aprendido mucho, ahora os guiará el Espíritu, os quedáis en buenas manos. Ha llegado el tiempo de la madurez, os toca caminar solos (aunque nunca estaréis solos del todo), pero sí caminaréis de un modo nuevo guiados por el Pedagogo, éste es uno de los títulos que el Evangelio otorga al Espíritu. “Él será quien nos lo enseñe todo y nos vaya recordando lo que está por venir” (Jn 14, 26).