Un signo de amor y misericordia

Francisco Javier Caballero, CSsR

Hace 160 años que el Papa Pío IX entregó el icono del Perpetuo Socorro a los Misioneros Redentoristas con el mandato de “Dadla a conocer al mundo”. Este gesto ha tenido y tiene para la congregación una significatividad muy especial, tanta que se ha convertido en signo y seña de su identidad misionera. Desde aquel 26 de abril de 1866 la acción evangelizadora redentorista quedó vinculada para siempre al corazón de María del Perpetuo Socorro. Ella se convirtió en el mejor signo identitario, la mejor embajadora y, sin duda, el referente por antonomasia; pero sobre todo ha sido y es —para tantas personas— experiencia maternal que acoge, comprende y cuida de la humanidad, especialmente sensible de sus hijos más frágiles y sufrientes.

Aquel don entregado —el icono extendido por todo el mundo— no ha dejado de realizar un camino de ida hacia el más necesitado. Nuestra congregación, sin saberlo en aquel momento, fue introducida en una corriente de amor y misericordia que solo podía ser aportada por la ternura de una madre como María. Aquel gesto de confianza del Papa con los Redentoristas ha vivido el milagro de la multiplicación: infinidad de lugares, unos conocidos y otros completamente anónimos y alejados, están significados por el amor de Dios en la imagen de María del Perpetuo Socorro. Una estampa envejecida, una lámina desvaída o un icono pequeño e insignificante, llevados por algún misionero, catequista o voluntario se han convertido para una familia, una comunidad o un pueblo en presencia de fe. Por eso decimos que ella, como intercesora, es el alma que impulsa, protege y cuida la misión.

El niño asustado, la sandalia caída, las manos agarradas, la mirada paciente de una madre muestran los signos de Dios en nuestra vida, parecen pequeños y ocultos, pero tienen la fuerza y el poder de la transformación, parece que no cambian la realidad por pequeños e insignificantes, pero mueven el mundo. La generosidad entregada, la búsqueda del bien, el compromiso con los desfavorecidos, la oración humilde, el gesto de acogida desinteresada siempre da sus frutos, aunque no los veamos. No lo dudemos.

Ciertamente vivimos a ritmo de vértigo que impide ver las cosas pequeñas. Todo pasa apenas sucedido. Consumimos imágenes, acontecimientos y, hasta, encuentros. Sin embargo, lo valioso, lo que toca la fibra profunda de la persona no se borra, aunque se desdibuje; no se oculta, aunque se despiste; no desaparece, aunque se confunda. Quien ha sentido cómo su corazón lo ha tocado el Socorro de Dios, que es María, no lo perderá nunca… como la alegría del Evangelio. Esa es la confianza y la seguridad de nuestra centenaria revista; es también el homenaje callado y profundo que, en este aniversario, brindamos a tantos redentoristas anónimos que no se preocuparon de su nombre, sino del de María, para que su beso y su abrazo maternal llegase a todos los que sufren, a todos los que les faltan motivos para esperar. Feliz fiesta del Perpetuo Socorro a todos.

Se cumplen 160 años del mandato misionero de Pío IX y los redentoristas continúan extendiendo la presencia de amor y misericordia de este icono de María por todo el mundo.

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