El reciente proceso de regularización de inmigrantes ha hecho que en las últimas semanas todo lo relacionado con la inmigración despierte fuertes pasiones, alimentadas por el crispado ambiente político en el que vivimos. Ante esto no podemos mantenernos indiferentes.
Dignidad y realismo a la vez
La realidad compleja de la inmigración nos pide mirar al cielo y tocar la tierra al mismo tiempo: reconocer en cada persona una dignidad que no se negocia y, a la vez, afrontar con realismo lo que implica acoger, acompañar e integrar. En nuestras comunidades cristianas, este tema despierta lo mejor – hospitalidad, solidaridad, creatividad – y también deja ver tensiones internas: cansancio, temor, desconfianza, preguntas legítimas sobre convivencia. Ese contraste no debería sorprendernos. Pero sí conviene preguntarnos cómo vivirlo desde una fe adulta, sin idealizaciones y sin endurecimientos.