Impermeables a la alegría

Víctor Chacón, CSsR

El evangelio de Juan (capítulo 8) nos presenta esta escena: Estaba allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?». (…) «Levántate, toma tu camilla y echa a andar». Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla»”.

Aquel hombre llevaba 38 años enfermo e inmóvil. Le conocían seguro los judíos de Jerusalén, de su entorno. En casi 40 años no se ha movido mucho. Le ven andar por primera vez los judíos -algo realmente sorprendente e increíble- y lo único que le dicen es: “Hoy es sábado y no se puede llevar camilla”. ¿No os parece increíble? También triste. A partes iguales. Para ellos la ley siempre primero.

Es triste porque tienen una fe que ni sabe alabar ni sabe agradecer. Han reducido su vivencia de lo religioso al cumplimiento legalista y no son capaces de alegrarse por la sanación del paralítico. Hay gente así, impermeables a la alegría y a la resurrección. Adictos a una cuaresma sin pascua. Muy de penitencias y poco de alegría, que eso seguro que será pecado, al menos venial. ¡Qué torpes somos Señor para acoger tu Evangelio, tu buena noticia de resurrección y vida!

El papa bonachón y regordete, relleno de buen humor, San Juan XXIII dijo esto en su discurso de apertura del Concilio Vaticano II: “En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia. Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades”.

Hay todavía bastantes “profetas de calamidades”. Mucho cristiano amargado y algo resentido con la vida que para invitar a la fe necesita denigrar la sociedad, a la juventud o a algún otro grupo cristiano que le parece demasiado alegre. Olvidan que Dios creó este mundo y Cristo se encarnó en esta historia, que por eso también en ella hay destellos de luz y vida, latiendo en muchos lugares y en muchas personas. Que no se puede meter en un mismo saco a todos los jóvenes ni a todos los curas o todos los laicos. Pero, volviendo al inicio de mi reflexión me parece triste y flojita, anémica, una fe que agradece poco y que no sabe alabar a Dios. Que no se relaciona con él desde la admiración y la sorpresa, desde la gratuidad. Descubriendo su belleza, su luz y su gloria también aquí en la tierra, en tantos lugares y tantas personas de buena voluntad. Como San Juan XXIII o la vecina Mari.

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